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Klezmer
A Eva Grosser Lerner
¡Y llegaron los músicos!
Violín, salterio y balalaika
nos traen la melodía de don Isaac.
Hilan el gemido de la tierra,
su gozoso lamento,
triste y liviano,
en el telar de un laberinto:
Mitteleuropa.
Clarinetes, teclados y acordeones,
mandolinas, panderos y címbalos,
exorcisan geografías,
masacres perpetradas en bucólicos paisajes.
Evocan hervideros de razas
sobre ondulados campos
grávidos de ríos caudalosos,
cementerio de hordas en feroces cruzadas.
Trompetas, guitarras y cítaras
entrelazan firuletes de ritmo y melodía,
canciones de boda con letra picaresca,
giros y regiros orientales,
aires pastoriles y salmodias.
El arco juguetea
con la gestualidad de los músicos
su énfasis pueblerino.
Vibran ecos metálicos
contra la caja triangular
y vuelan sobre el dócil cordaje del laúd
los dedos saltarines.
Cual una enredadera
que trepara ternuras y quiebres del alma,
surge entonces
y asciende
la filigrana de la melopea,
alegría agridulce
de la queja compartida
con el pan cotidiano.
Trémolos, fiorituras,
viruta dulzona y melancólica
que suelta su ramaje
desplegando variaciones
festivas y dolientes.
Con aliento de siglos
y fresca vehemencia,
entre cauces y montañas
serpentean agudos y bajos de Besarabia
ligeros y obstinados.
De pronto un cambio de escala
me saca de cuadro.
Hay un silencio
en la trama inaccesible.
Son aguas densas,
primigenias,
un magma preñado de sombras,
huérfano de claves.
En los ajenos acordes
laten éxodos, amaneceres soleados, pestes,
charlas al calor del hogar,
exterminios y resurrecciones.
No importa dónde ni cuándo,
aquí y ahora, siempre,
danzan, aman y blasfeman,
se extravían y reencuentran,
hornean su pan,
cocinan su pescado.
Sin que pueda alcanzarlos
ni abrazar su aliento,
su verdad,
aromas, visajes y cantares
de las aldeas perdidas
una vez más encienden su esmeralda.
Los sufro y gozo en alma y cuerpo.
Son mi gloria y mi cruz.
Mi estrella de David.
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